Entre la ciencia y las comunidades una vida dedicada a la restauración agroecológica / Between science and communities: a life dedicated to agroecological restoration
Entrevista a Zoraida Calle / An interview with Zoraida Calle
(English further down)
Zoraida Calle, bióloga colombiana, es un referente en el estudio y práctica de la restauración agroecológica. Zoraida forma parte del equipo de investigadores de CIPAV, donde coordina el Área de Restauración Ecológica. Desde el comienzo de su trabajo con comunidades campesinas en Colombia, Zoraida entendió que la ciencia de la ecología de la restauración no tenía todas las respuestas para motivar a los campesinos a mejorar su entorno natural. Hacía falta movilizar sus emociones y su arraigo hacia la tierra para lograr que asumieran el papel de custodios de la biodiversidad.
El sistema agrícola es el mayor emisor de gases de todos los sectores económicos. Es responsable de entre el 25 y el 30% de las emisiones. Es, con diferencia, la principal causa de pérdida de biodiversidad. También es el mayor consumidor de agua dulce: el 70% de las extracciones de agua en ríos, lagos y aguas subterráneas proceden de la agricultura. Y la sobrecarga de nitrógeno y fósforo se debe al uso excesivo de fertilizantes. La expansión de la tierra [para uso humano] está causada principalmente por la agricultura. Johan Rockstöm, 2024
¿Tendríamos que hablar aquí de los daños causados por “la agricultura” a secas, o más bien de un tipo muy concreto de agricultura, que causa daños? Al leer una declaración como la de arriba Rockström nos imaginamos que la devastación es inevitable, pues tenemos que comer. Sin embargo hay personas dedicadas hace ya décadas a estudiar alternativas que simultáneamente puedan alimentar a la humanidad, cuidar los suelos y la vida en la tierra y ser sostenibles. Estas alternativas existen y están siendo implementadas. Pueden traer simultáneamente soluciones medioambientales, alimentarias y sociales, pero además son viables económicamente. Entrevistamos a Zoraida Calle sobre éstos temas.
Gisela Ruiseco: Zoraida, vivimos hoy una grave crisis de degradación de suelos, Según datos de la UNESCO, el 75% está ya degradado. ¿Nos puedes contar un poco sobre las causas de esta degradación?
Zoraida Calle: La degradación de los suelos tiene múltiples causas: la deforestación y pérdida de la cobertura vegetal, las prácticas de labranza para la agricultura, el pastoreo continuo, el uso de sustancias sintéticas como fungicidas, herbicidas y fertilizantes, y el fuego. Todas estas causas tienen en común la falta de conciencia de la sociedad sobre el valor del suelo y la infinidad de servicios que proporciona y que hacen posible la vida humana.
Gisela: Si bien las estadísticas sobre la magnitud de la degradación resultan estremecedoras, las posibilidades reales de restauración pueden llenar de esperanza. He tenido el placer de conocer tu proyecto familiar en tierras antioqueñas (nota: zona andina colombiana) en el que llevan ya muchos años, y mucho amor también, en el proceso de restaurar suelos degradados. Han logrado cosas hermosas y sorprendentes como ver surgir un arroyo ‘de la nada’. Por otro lado, mantienen allí también un proyecto agroecológico. ¿Cómo fue ese proceso, qué nos puedes compartir de las experiencias al ver cómo el suelo y la vida en general, logran recuperarse?
Zoraida: En la década de 1970, mis padres, ambos médicos y miembros de familias que habían perdido su conexión con el campo, compraron un terreno de 12 hectáreas que había sido un potrero de una ganadería extensiva. El suelo de vocación forestal y fuerte pendiente había sido maltratado por la eliminación casi total del bosque, el pastoreo continuo y el uso del fuego para el control de malezas. La única fuente de agua era un pequeño manantial situado en un lindero de la propiedad. Sin conocimiento técnico pero motivados por el deseo de mejorar la tierra y el agua, mis padres protegieron el pequeño bosque, el manantial y otras áreas sensibles del predio. También compraron vacas e iniciaron una pequeña lechería de manejo convencional, donde los pastos se fertilizaban con urea y había pocos árboles en los potreros.
En la década de 1990 iniciamos una reconversión de la ganadería basada en los principios de la agroecología: establecimos bancos forrajeros mixtos, subdividimos las áreas de pastoreo en pequeños potreros con árboles y arbustos e iniciamos la eliminación gradual de insumos sintéticos. Al mismo tiempo, intensificamos la restauración de los bosques nativos: plantamos miles de árboles nativos e instalamos cercas para acelerar la recuperación del bosque en terrenos sensibles. Tres décadas más tarde, el predio era irreconocible. Más de la mitad del área estaba cubierta de bosques jóvenes y vigorosos, la fauna silvestre fue regresando poco a poco y la ganadería convencional se transformó en sistemas silvopastoriles de manejo agroecológico con una alta diversidad de especies.
Nunca vimos una frontera entre la reconversión productiva y la restauración ecológica; más bien, integramos ambos esfuerzos en un proceso gradual de transformación para mejorar la producción y la conservación biológica.
Gisela: ¿Nos podrías contar sobre tí, cómo llegaste a interesarte por estos temas, qué vivencias te llevaron a que te dedicaras a la restauración agroecológica?
Zoraida: Pienso que fue una cadena de casualidades y encuentros fortuitos. Estudié biología porque me encantaba la genética, pero después de un semestre de campo en la selva de La Macarena (Meta, Colombia), supe que el laboratorio nunca sería mi lugar de trabajo. La selva me atrapó en cuerpo y alma. Al estudiar las relaciones ecológicas de dos especies de monos en su ambiente natural, entendí que lo mejor que podía hacer por estos parientes de vida arbórea era aprender a restaurar el bosque que los sostiene.
Además de la ecología y la conservación, siempre me fascinó la agricultura basada en la ecología, es decir la agroecología. Durante años trabajé en restauración ecológica y agroecología intuyendo que ambas disciplinas debían colaborar y dialogar activamente. Un día decidí comenzar a usar el término híbrido restauración agroecológica, y desde entonces trabajo en la intersección entre agricultura, ganadería y conservación de la biodiversidad.
Gisela: Esta intersección es especialmente fascinante, ya que muchas veces desde el ambientalismo se imagina a la restauración ecológica como un proceso del que se debe apartar al ser humano y sus actividades agrícolas. ¿Nos podrías contar de algún proyecto en concreto con el que podamos entender cómo estos elementos pueden confluir? Particularmente la ganadería, pues sabemos del nefasto rol de la ganadería convencional, de sus excesos, en el cambio climático: ¿cómo puede ésta contribuir a la restauración? Y qué tan viables, económicamente, pueden llegar a ser estos proyectos?
Zoraida: Hay visiones muy contrastantes de la restauración ecológica. En un extremo tenemos la restauración de cinco estrellas, que busca replicar fielmente un ecosistema histórico de referencia, sin tener muy en cuenta los gustos y preferencias de las personas que habitan el territorio. Otra posibilidad es hacer una restauración socio-ecológica e incluyente, que integra diversos valores, prácticas, conocimientos y objetivos en diferentes escalas y con varios grupos de beneficiarios. Este tipo de restauración busca reconstruir un ecosistema que pueda sostener los medios de vida de la población local.
A través del Proyecto Mojana Clima y Vida del Ministerio del Medio Ambiente y el PNUD (Programa de las Naciones Unidas para el desarrollo), el equipo de CIPAV trabajó con comunidades y organizaciones de base para hacer una restauración comunitaria con árboles nativos y cultivos con el fin de fortalecer la soberanía alimentaria y la economía local. En vez de plantar 700 árboles por hectárea (como era la meta del programa), plantamos 200 a 400 árboles en hileras, con espacios para integrar cultivos diversos. El resultado son sistemas agroforestales que generan servicios ecosistémicos y alimentos saludables. Al integrar la producción de alimentos, se logró el entusiasmo y la continuidad del proyecto.
Los proyectos que integran los medios de vida de las comunidades pueden ser más viables financieramente que los proyectos que intentan reconstruir ecosistemas históricos. El mismo concepto aplica para los sistemas ganaderos. Es posible diseñar sistemas mixtos donde el ganado pastorea en sistemas silvopastoriles y se liberan áreas sensibles para restaurar los bosques. Al fin y al cabo, el ganado bovino evolucionó en un ambiente de bosque abierto, no en praderas homogéneas sin árboles. Al crear potreros arbolados, estamos devolviendo al ganado a su ambiente natural, donde puede tener más bienestar y productividad.
Gisela: Los saberes locales, que se defienden en la restauración agroecológica por mucho tiempo han sido descalificados. Cuéntanos, en tus experiencias con campesinos y comunidades en Colombia ¿cómo se complementan los saberes científicos y los tradicionales?
Zoraida: Sin duda, el mayor pecado de la ciencia es la arrogancia y el desprecio por otras formas de generar conocimiento. Muy temprano en mi trabajo de campo entendí que el conocimiento indígena y campesino sobre los ecosistemas es profundo y multidimensional. El lenguaje sencillo de las personas que han pasado su vida en convivencia estrecha con la biodiversidad está lleno de sabiduría para quien tenga la humildad necesaria para escuchar con atención. Muchas veces los biólogos creemos conocer una especie porque podemos darle un nombre científico en latín y entender a cuál linaje pertenece. Pero un curandero tradicional tiene un conocimiento más detallado y sutil sobre las relaciones de una planta con su entorno o los efectos terapéuticos de las plantas que crecen a la sombra. El conocimiento ecológico tradicional es más colorido, poético y vital. Al trabajar con campesinos e indígenas como colegas en la generación de conocimiento, podemos lograr mucho más que al trabajar solos.
Para mis colegas de CIPAV y para mí, la relación de amistad y trabajo colaborativo con la comunidad campesina de la localidad de Bellavista (municipio de El Dovio, Valle del Cauca, Colombia),* fue clave para entender la profundidad y el valor de los conocimientos ecológicos tradicionales. Las personas que han vivido toda su vida en las montañas conocen la flora local, saben cuáles aves dispersan las semillas de los árboles, entienden las variaciones sutiles de los suelos y tienen una gran riqueza de saberes sobre el territorio. Un gran maestro en esta comunidad fue el líder campesino Tiberio Giraldo quien nos enseñó que “no se puede restaurar la tierra sin antes restaurar el corazón”.
El investigador científico debe tener curiosidad para indagar sobre este conocimiento basado en la experiencia, y apertura mental para interpretarlo, traducirlo y aplicarlo. Muchas preguntas de investigación se responden de manera más efectiva a través de un diálogo horizontal y colaborativo donde todos reconocemos el valor de las distintas formas de conocimiento.
Juntos hemos transformado prácticas tradicionales en alternativas que regeneran los suelos, protegen el agua, enriquecen los paisajes y fortalecen la economía local.
Gisela: El empuje hacia la globalización y la vigente desigualdad en tenencias de tierra ¿pueden ser factores que impiden que haya un cambio más raṕido hacia una agricultura sostenible? ¿Cómo podemos contrarrestar este empuje hacia el monocultivo, la estandarización de semillas, etc., hacia la gigantez?
Zoraida: Como bien lo explica el agroecólogo Miguel Altieri, comer es un acto ecológico y político. Cada vez que compramos alimentos para nuestra familia, estamos tomando decisiones sobre el uso y el futuro de la tierra. Para contrarrestar la tendencia homogeneizadora de la agricultura industrial contemporánea los consumidores debemos tener un papel más crítico y activo. Debemos estar informados sobre el origen de los productos agrícolas y ganaderos, y los métodos de cultivo y cuidado de los animales. Es una responsabilidad de todos favorecer las cadenas cortas de comercialización al comprar productos locales en mercados campesinos y entablar relaciones directas con los productores de los alimentos. Los descubrimientos científicos recientes sobre el microbioma de nuestro intestino y el papel que este conglomerado de microorganismos juega en nuestra salud física y mental, muestran en forma contundente que los alimentos saludables se producen en suelos vivos y biodiversos, no en suelos removidos por maquinaria agrícola y saturados de compuestos sintéticos.
Gisela: ¡Gracias Zoraida!
* La colaboración del CIPAV en esta zona ya es de décadas, e incluye varias generaciones de agricultores. He aquí un video donde se pueden conocer más detalles de cómo los monocultivos en un momento empobrecieron la zona, y cómo, en colaboración comunitaria, se logró una transformación agroecológica:
Leer de más casos de restauración agroecológica del CIPAV
PPF sobre el CIPAV y su obra
Between science and communities: a life dedicated to agroecological restoration
Zoraida Calle, a Colombian biologist, is a leading figure in the study and practice of agroecological restoration. Zoraida is part of the research team at CIPAV, where she coordinates the Ecological Restoration Unit. From the very beginning of her work with rural communities in Colombia, Zoraida understood that the science of restoration ecology did not have all the answers needed to motivate farmers to improve their natural environment. It was necessary to tap into their emotions and their deep connection to the land to help them take on the role of biodiversity stewards.
The agricultural sector is the largest emitter of greenhouse gases among all economic sectors. It accounts for between 25% and 30% of emissions. It is by far the leading cause of biodiversity loss. It is also the largest consumer of freshwater: 70% of water withdrawals from rivers, lakes, and groundwater come from agriculture. And nitrogen and phosphorus overload is due to excessive fertilizer use. Land expansion [for human use] is caused primarily by agriculture. Johan Rockström, 2024
Should we be talking here about the damage caused by “agriculture” in general, or rather about a very specific type of agriculture that causes harm? When reading a statement like Rockström’s above, we imagine that devastation is inevitable, since we have to eat. However, there are people who have dedicated decades to studying alternatives that can simultaneously feed humanity, care for the soil and life on earth, and be sustainable. These alternatives exist and are being implemented. They can simultaneously provide environmental, food, and social solutions, and they are also economically viable. We interviewed Zoraida Calle on these topics.
Gisela Ruiseco: Zoraida, we are currently facing a serious crisis of soil degradation; according to UNESCO data, 75% of the world’s soil is already degraded. Can you tell us about the causes of this phenomenon?
Zoraida Calle: Soil degradation has multiple causes: deforestation and loss of vegetation cover, agricultural tillage practices, continuous grazing, the use of synthetic substances such as fungicides, herbicides, and fertilizers, and fire. All these causes share a common factor: society’s lack of awareness regarding the value of soil and the countless services it provides that make human life possible.
Gisela: While the statistics on the extent of degradation are shocking, the real possibilities for restoration can be a source of hope. I’ve had the pleasure of learning about your family’s project in the Antioquia region (in the Colombian Andes), where you’ve been working for many years—and with great dedication—to restore degraded soils. You have achieved beautiful and surprising things, such as seeing a stream emerge ‘out of nowhere.’ Additionally, you maintain an agroecological project there. What was that process like? What can you share with us about your experiences as you witness how the soil and life in general are recovering?
Zoraida: In the 1970s, my parents—both doctors and members of families who had lost their connection to the countryside—purchased a 12-hectare plot of land that had been a pasture for extensive cattle ranching. The steeply sloped land, naturally suited for forestry, had been severely damaged by the near-total clearing of the forest, continuous grazing, and the use of fire for weed control. The only source of water was a small spring located on the edge of the property. Without technical knowledge but motivated by a desire to improve the land and water, my parents protected the small forest, the spring, and other sensitive areas of the property. They also bought cows and started a small, conventionally managed dairy farm, where the pastures were fertilized with urea and there were few trees in the paddocks.
In the 1990s, we began a transition of our livestock operations based on the principles of agroecology: we established mixed forage strips, subdivided grazing areas into small paddocks with trees and shrubs, and began the gradual elimination of synthetic inputs. At the same time, we intensified the restoration of native forests: we planted thousands of native trees and installed fences to accelerate forest recovery on sensitive land. Three decades later, the property was unrecognizable. More than half of the area was covered with young, vigorous forests; wildlife gradually returned; and conventional livestock farming transformed into agroecologically-managed silvopastoral systems with high species diversity.
We never saw a boundary between productive conversion and ecological restoration; rather, we integrated both efforts into a gradual process of transformation to improve production and biological conservation.
Gisela: Could you tell us about yourself—how did you become interested in these topics, and what experiences led you to dedicate yourself to agroecological restoration?
Zoraida: I think it was a chain of coincidences and timely encounters. I studied biology because I loved genetics, but after a field semester in the La Macarena rainforest (Meta, Colombia), I knew the lab would never be my workplace. The jungle captivated me in body and soul. While studying the ecological relationships of two species of monkeys in their natural habitat, I realized that the best thing I could do for these tree-dwelling relatives was to learn how to restore the forest that sustains them.
In addition to ecology and conservation, I’ve always been fascinated by ecology-based agriculture—that is, agroecology. For years I worked in ecological restoration and agroecology, sensing that both disciplines needed to collaborate and engage in active dialogue. One day I decided to start using the hybrid term agroecological restoration, and since then I’ve been working at the intersection of agriculture, livestock, and biodiversity conservation.
Gisela: This intersection is particularly fascinating, since environmentalism often views ecological restoration as a process from which humans and their agricultural activities must be excluded. Could you tell us about a specific project that would help us understand how these elements can come together? Particularly livestock farming, since we know of the disastrous role of conventional livestock farming, and its excesses, in climate change: how can it contribute to restoration? And how economically viable can these projects become?
Zoraida: There are very contrasting views on ecological restoration. At one extreme, we have “five-star” restoration, which seeks to faithfully replicate a historical reference ecosystem without taking into account the tastes and preferences of the people who inhabit the territory. Another possibility is to undertake a socio-ecological and inclusive restoration that integrates diverse values, practices, knowledge, and objectives across different scales and with various beneficiary groups.
This type of restoration seeks to rebuild an ecosystem that can sustain the livelihoods of the local population.
Through the Mojana Climate and Life Project of the [Colombian] Ministry of the Environment and the UNDP (United Nations Development Programme), the CIPAV team worked with communities and grassroots organizations to carry out a community-based restoration using native trees and crops to strengthen food sovereignty and the local economy. Instead of planting 700 trees per hectare (as was the program’s goal), we planted 200 to 400 trees in rows, with spaces to integrate diverse crops. The result is agroforestry systems that generate ecosystem services and healthy food. By integrating food production, we fostered enthusiasm and ensured the project’s continuity.
Projects that integrate into communities’ livelihoods can be more financially viable than those that attempt to reconstruct historical ecosystems. The same concept applies to livestock systems. It is possible to design mixed systems where livestock graze in silvopastoral systems and sensitive areas are set aside to restore forests. After all, cattle evolved in an open forest environment, not in homogeneous, treeless grasslands. By creating wooded pastures, we are returning cattle to their natural environment, where they can enjoy greater well-being and productivity.
Gisela: Local knowledge, which has been long dismissed historically, is advocated for in agroecological restoration. Tell us, based on your experiences with farmers and communities in Colombia, how do scientific and traditional knowledge complement each other?
Zoraida: Without a doubt, science’s greatest sin is arrogance and contempt for other ways of generating knowledge. Very early on in my fieldwork, I realized that indigenous and peasant knowledge of ecosystems is profound and multidimensional. The simple language of people who have spent their lives in close coexistence with biodiversity is full of wisdom for those who have the humility to listen attentively. Often, biologists believe we know a species because we can give it a scientific name in Latin and understand which lineage it belongs to. But a traditional healer possesses a more detailed and nuanced understanding of a plant’s relationship with its environment or the therapeutic effects of plants that grow in the shade. Traditional ecological knowledge is more colorful, poetic, and vital. By working with farmers and indigenous people as colleagues in knowledge generation, we can achieve much more than by working alone.
For my colleagues at CIPAV and for me, the friendship and collaborative work with the peasant community in the town of Bellavista (municipality of El Dovio, Valle del Cauca, Colombia)1 was key to understanding the depth and value of traditional ecological knowledge. People who have lived their entire lives in the mountains know the local flora, know which birds disperse the seeds of the trees, understand the subtle variations in the soils, and possess a wealth of knowledge about the territory. A great teacher in this community was the peasant leader Tiberio Giraldo, who taught us that “you cannot restore the land without first restoring the heart.”
Scientific researchers must have the curiosity to explore this experience-based knowledge, and the open-mindedness to interpret, translate, and apply it. Many research questions are answered most effectively through a horizontal, collaborative dialogue where we all recognize the value of different forms of knowledge.
Together, we have transformed traditional practices into alternatives that regenerate soils, protect water, enrich landscapes, and strengthen the local economy.
Gisela: Could the push toward globalization and the current inequality in land tenure be factors preventing a faster shift toward sustainable agriculture? How can we counter this push toward monoculture, seed standardization, and the rise of agribusiness giants?
Zoraida: As agroecologist Miguel Altieri aptly explains, eating is an ecological and political act. Every time we buy food for our family, we are making decisions about the use and future of the land. To counteract the homogenizing trend of contemporary industrial agriculture, consumers must play a more critical and active role.
We must be informed about the origin of agricultural and livestock products, as well as the methods of cultivation and animal care. It is everyone’s responsibility to support short supply chains by buying local products at farmers’ markets and establishing direct relationships with food producers. Recent scientific discoveries about our gut microbiome and the role this community of microorganisms plays in our physical and mental health clearly demonstrate that healthy foods are produced in living, biodiverse soils—not in soils churned up by agricultural machinery and saturated with synthetic compounds.
Gisela: Thank you, Zoraida!
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PDF on CIPAV and its work
CIPAV’s work in this area spans decades and involves several generations of farmers. Here is a video where you can learn more about how monoculture farming once impoverished the area, and how, through community collaboration, an agroecological transformation was achieved (in spanish).





